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Guardian del Norteño

Luis Guanopatin

La Leyenda del Guardián del “Norteño” Cuentan los abuelos que, cuando cae la noche sobre los extensos cañaverales ecuatorianos y la niebla baja desde los Andes, despierta el Espíritu de la Fiesta. No es un duende cualquiera; es un ser místico de piel color uva y ojos brillantes, vestido con el poncho de nuestros ancestros y el sombrero de la tierra trabajada. Este guardián lleva en su espalda una inmensa tinaja de barro, pero no carga agua. Lo que transporta es la esencia misma de la alegría nacional: el anís y el aguardiente. Su carga es el tesoro de las noches de bohemia: sachet tras sachet de Norteño, mezclados con el aroma de la flor de anís y las cuerdas de una guitarra de palo, listas para entonar un pasillo o un sanjuanito. A su paso, el Ecuador entero se despierta. Las máscaras cobran vida, rompiendo las barreras entre la Costa y la Sierra. El Aya Huma (Diablo Huma) del Inti Raymi danza junto a la careta de la Mama Negra; los diablos de Píllaro y las máscaras de payaso se unen en un solo ritual. No importa de qué provincia seas, el espíritu convoca a todos bajo un mismo grito de unión y picardía. Se dice que, si te encuentras solo o triste mirando los cañaverales, el espíritu se te acercará, te extenderá una botella brillante y te dirá la frase sagrada que inicia toda gran anécdota ecuatoriana: