La obra es una composición que fusiona identidad y territorio. En la palma de una mano se elevan una botella de Norteño y el edificio Epiq de La Carolina, símbolos de modernidad urbana y consumo contemporáneo. La imagen construye una dualidad visual: de un lado, tonos claros y atmósfera luminosa evocan celebración, encuentro y los momentos compartidos que el licor promete; del otro, sombras más densas revelan la tentación y las consecuencias que también forman parte de esa experiencia. Un animal emblemático de los Andes ecuatorianos acompaña esta tensión desde sus dos facetas: ícono festivo y figura sacrificial. Presente en la cultura y en la mesa, celebra y a la vez evidencia la fragilidad de lo que se vuelve tradición. La obra reivindica el folklore ecuatoriano con su exuberante vegetación y un norteño como símbolo cultural de la contemporaneidad. No como algo estático, sino como fuerza viva que se sostiene y resiste. Es una metáfora de identidad: aquello que, incluso en equilibrio inestable, permanece firme en la mano del pueblo.